Enfundado en mi camisa blanca y americana, vi como la puerta de la segunda planta se abría y tras ella entraba la señora Tanaka acompañada. Sabía que venía a hablar conmigo. Sabía qué me venía a decir. Aun así, no pude evitar empezar a sudar, tensar la espalda, el cuello y ponerme nervioso…

“Fran san, nos sentamos allí y hablamos”. No, eso es lo que hubiese preferido responder… pero evidentemente afirmé “いいよ”. Estaba contento por haberle tratado siempre de forma jocosa y con respeto a la vez que usaba un vocabulario menos formal adrede y aunque estaba delante de la situación más seria hasta la fecha, no quise perder mi informalidad formal. Dejé mi bolígrafo rojo sobre los papeles en los que trabajaba y me levanté para acompañarles a la mesa de al lado. Esperé a que se sentaran e hice lo mismo frente a ellas. La señora Tanaka siempre me había parecido la más fría e impredecible de las personas con las que había tratado dentro de ese edificio con tantas plantas y, de repente, me hizo apretar los dientes con fuerza.

Alcé la vista para mirarlas a la cara por primera vez ese día. “Fran san, estamos muy contentos contigo” empezó a decir mientras sus ojos se humedecían. “Debido a la crisis en la que todos nos encontramos, no hay trabajo, si hubieras llegado hace un año te hubiéramos contratado, pero ahora…” La señora Tanaka estaba llorando… “No se preocupe por favor” respondí, “ya sabía que no hay trabajo suficiente y por no crear una situación como esta, había pensado no preguntar si cabía la posibilidad de ampliar mi contrato”. Se sorprendió, me dio las gracias y me ofreció toda la ayuda que necesitara durante el tiempo que me quedaba (ayuda con el idioma, días libres, absoluta flexibilidad en el horario, referencias…) Insistí en que no quería días libres y que quería trabajar hasta el último minuto si me lo permitía. Y así fue.

El momento llegó. Recogí mis cosas y volví a casa. Me senté delante del ordenador y empecé un correo “Sra. Tanaka san, quiero darle las gracias por cómo me ha tratado durante todos meses. Siento haberme ido hoy sin despedirme, pero no sé decir adiós. Espero no haberla ofendido y si lo he hecho le pido perdón de corazón. Gracias”

Hablé de las lágrimas de aquel día con diferentes personas y algunos españoles apuntaban directamente a “lágrimas de cocodrilo” a una farsa… pero sólo yo estuve sentado delante de la señora Tanaka.