Tengo el lujo de hacer amistad con la gente de los restaurantes, cuando vivía en Barcelona y más aun en Japón. Quizá porque me gusta comer, quizá porque hablo demasiado, porque me paso de gracioso,.. o puede que un poco de todo. El caso es que a veces recibo un trato y un mimo que me encanta. A mi y a mi estómago. Llámalo comida gratis. Llámalo recomendaciones. Llámalo el asiento que me gusta del local. Llámalo obsequios con sentimientos. Llámalo que me llamen por mi nombre. Llámalo que busquen alguna palabra en español para decírmela. Llámalo como quieras.

Cariñosamente, le he puesto el nombre a estos sitios como los “restaurantes de mis amigos”. Sin que sirva para despreciar a los demás, he de decir que especialmente hay un restaurante en Kamata, donde estuve viviendo unos días en el 2007, en el que me siento como en mi casa.

Tiene una gran ventana a la calle con cortinas de madera que deja ver desde fuera el ambiente y la decoración del local. Un sitio pequeño, con luz acogedora, cálido quizá por la madera. Me gusta sentarme en la barra y ver como cocinan todos, como hablan entre ellos, unas cinco personas normalmente. Familia si no me equivoco.

Él dice que soy su amuleto, que desde que pasé aquella noche de 2007 a cenar, no ha hecho mas que ir más y más gente. Yo sonrío, pero lo cierto es que últimamente es difícil encontrar asiento si no reservas antes (que te lo diga Elmimmo). Cierto es que no es barato teniendo en cuenta lo que cuesta una cena en Japón, pero merece la pena. Pescado, guisos, pinchos yakitori, fideos, arroz. Aunque se ausente el famoso sushi u otros platos más conocidos de la cocina japonesa, el menú es bastante completo. De especial mención el sashimi: deja con la boca abierta al más puesto y es muy normal oír voces de admiración cuando pone en la mesa un plato. Siempre presentado de diferente manera según la temporada, las frutas o flores del tiempo. Tuve el lujazo de disfrutar de este sashimi otoñal en compañía de Aurelio cuando vino a hacerme una visita.

Opinad vosotros mismos…