Nagasaki

459. Gunkanjima

Cuando me desperté, pese a que apenas eran poco más de las nueve de la mañana, ya no quedaba nadie en la habitación. Las cuatro literas tenían las camas vacías, desordenadas y había silencio. Compartir habitación con desconocidos que no dan pie a entablar amistad o conversación (quizá yo tampoco lo hice y ellos pensaron lo mismo de mí), había sido una experiencia que no quería repetir por un tiempo…

Me acicalé, agarré mis cosas y salí por la puerta donde me esperaban. La siguiente parada era Fukuoka, de la que había oído hablar bastante bien, pero no había visto nada.

Camino a la estación de tren no pude evitar pedir una pausa en un restaurante acogedor para tomar un desayuno de campeón. El local por dentro era de lo más pintoresco, al parecer los dueños sentían una pasión por los gatos desmesurada y era imposible contar las referencias a ellos que allí se podían encontrar. Figuras. Fotos. Dibujos. Con el estómago lleno y sangre nueva (que quizá no buena) llegando a mi cerebro, seguimos andando.

Sentado en la la sala de espera de la estación de trenes de Nagasaki y esperando a que llegase mi Hotto Kyarameru Miruku Kohi Vanira o como quiera que se llamase lo que me iba a beber mientras esperaba el tren que me llevaría a Fukuoka, en la pantalla fija a la pared empezaron a aparecer imágenes de Gunkamjima, esa isla fantasma de la que ya había oído hablar pero sabía más bien poco. Pregunté si estaba cerca y con la respuesta afirmativa no dudé en modificar mi itinerario para hacer una visita.

No sabía que había estado cerrada, ni tampoco que la acababan de abrir no hace mucho al turismo. Saqué billetes para el barco que estaba casi completo y en breve estábamos rumbo a lo que hacía años había sido una de las zonas más ricas y activas de Japón (si no la que más). El barco era modesto. En la parte exterior explicaban las vistas por megafonía cual autobús turístico y en el interior, decorado con antiguas fotos en lamentable estado, proyectaban una y otra vez un documental de un viejísimo VHS con la imagen distorsionada por el uso repetido.

Al cabo de un rato teníamos los pies en la isla acorazado.

Con la imagen en ruinas de toda una ciudad (pequeña) era inevitable que a la mente vinieran referencias similares, cinematográficas sobretodo, pero una vez más la realidad se apuntaba un tanto contra la ficción.

Nos dividieron en tres grupos y nos repartieron por el pequeño camino transitable de la isla. Demasiado pequeño. Demasiado lejos del meollo. Quizá estando allí nadie sea consciente del peligro, pero dudo de que hubiera alguien que no quisiera pasearse por los edificios abandonados. Imposible (llegando a Gunkanjima con ese barco, claro). Aunque en alguno de los muros que teníamos frente a nosotros se podían ver enormes firmas y algún que otro graffiti, estaba totalmente prohibido pasar más allá de la barandilla blanca que rodeaba todo el circuito.

Tres paradas en el recorrido, desde donde explicaban las diferentes cosas que se podían ver. Dónde estaba la piscina olímpica. Cómo recibían suministro eléctrico de una isla cercana por debajo del mar. Cómo sacaban agua del mar para consumo y la desalinizaban. Dónde se abrió el primer cine de Japón. Cómo los que allí vivían tenían acceso a una gran variedad de productos que en muchos otros sitios no habían: frutas, carnes, aparatos electrónicos. Que en los 60, cuando sólo el 60% de los que residían en Tokio tenían lavadora, secadora y televisión, el 100% de las viviendas de Gunkanjima tenía estos electrodomésticos nada baratos en la época… Más información e historia del lugar aquí.

Dadas todas las explicaciones y con un sabor un poco agridulce por estar delante del fantasma, pero muy lejos… nos volvimos a embarcar para regresar al puerto de Nagasaki. Ahora sí, consumido por el calor, sentado en los viejos asientos de la parte interior del barco vi el documental con aires de NO-DO siendo imposible no sentir afinidad por la cantidad de familias que dejaron sus casas, escuelas, amigos…

Mientras el barco avanzaba y Gunkanjima, gris, se alejaba, imaginaba que no hacía mucho, sin miles de neones y muchas otras cosas, ese sitio había sido mucho más moderno y activo que Tokio. Había acumulado más vida por metro cuadrado… y más historias.

315. Kastera

Entre las cosas que me llegaron en el paquete con comida que venía desde Nagasaki, se encontraba este kastera que parece ser típico de esa ciudad, aunque no es difícil encontrar tiendas en cualquier barrio de Japón en el que lo hagan o lo vendan.

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La verdad es que la presentación del bizcocho era impecable, desde el diseño de la caja, hasta los pequeños detalles como el adhesivo para abrir la “funda” que lo cubría, el papel que protegía la parte superior, o los motivos escogidos…

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Este bizcocho llegó a Japón en el siglo XVI de la mano de los misioneros portugueses. Al no necesitar leche, ingrediente que al parecer por aquella época era escaso en la isla y conservarse en perfecto estado durante un largo periodo de tiempo, los japoneses de Nagasaki lo acogieron en su repostería… pero fueron los mismos portugueses que residieron durante setenta años en la ciudad quienes adaptaron la receta a los paladares nipones.

Al ser el de esa ciudad, el único puerto abierto al mercado extranjero en todo Japón y por la cantidad de azúcar que llegaba a él, otro ingrediente difícil de encontrar por aquel entonces, la ciudad se convirtió en el sitio perfecto para la elaboración de dulces, adquiriendo una fama considerable. Tanto es así, que cuando en la época Edo se empezó a hacer kastera en Tokyo y Osaka, éstos no alcanzaban la calidad del de Nagasaki.

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Sobre la procedencia del nombre hay dos historias y evidentemente no voy a ser yo el que investigue para saber cual es la cierta. Una de ellas dice que es el derivado del portugués Pão de Castela (Pan de Castilla). La otra que los ingredientes del kastera se mezclan como los del merengue… cuando se hace merengue, se quiere hacer alto como un castillo, en portugués castelo… y de ese castelo sale el kastera. ¿Por qué versión os decantáis?.

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Actualmente, aunque lo más normal es encontrarlo en forma de barra rectangular, se puede encontrar de diferentes formas y sabores… té verde (evidentemente), azúcar moreno,.. O diferentes calidades, dependiendo de las yemas de huevo o de la calidad de los mismos (claro, se reflejará en el precio, pero también en el sabor… y mucho).

Su “abuelo” portugués es el pão-de-ló que una vez tuve la suerte de probar gracias a la weird de Cat y recomiendo tanto o más que este bizcocho japonés.

El que me llegó a mi era de la empresa Bunmeido que aún discute con la empresa Fukusaya sobre quien fue el primero en hacer kastera en Nagasaki (y por lo tanto en todo Japón, claro), ambos insisten en que lo fueron y son rivales… Para los más curiosos: web de Bunmeido, web de Fukusaya (ambas en japonés). Para los más atrevidos: receta de kastera (en inglés).

308. Gelatina de Albaricoque

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Esta mañana he recibido un paquete con comida desde Nagasaki.

Recuerdo cuando era un niño y viajaba con mis primos y mis tíos a Cádiz en tren. Al pasar por Utrera un hombre entró en el coche vendiendo dulces típicos de la zona, “Mostachones de Utrera” gritaba repetidamente. No sé por qué recuerdo ese momento en especial de todo el viaje.

La verdad es que me da que pensar… me gusta conocer y disfrutar la gastronomía de los sitios. Que las diferentes zonas de un país se diferencien por su comida, idioma o dialecto, culturas o tradiciones creo que hace más rico al mismo…

Estas gelatinas de albaricoque son típicas de Nagasaki y me recuerdan a los Mostachones de Utrera que anunciaba aquel hombre hace más de quince años…

Si alguien quiere hablar de algún producto característico de donde vive, o de otro lugar… los comentarios están abiertos.

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