Abstract

461. Vacío

Cada vídeo personal que he hecho, en cada momento, era mucho más que unas cuantas imágenes con música de fondo. Lo eran para mi. Diciendo algo entre líneas muy posiblemente a mi mismo. El que monté sobre el oden, que me sigue encantando, expresaba la oscuridad del momento y algo muy directo, sin rodeos. Con el de la lavandería quería transmitir algo muy especial que sentía en un mal momento… me quedé contento con el resultado, pero nunca me ha gustado (incluso alguna vez he pensado en borrarlo). El de Sin título… es sin duda el más personal.

Repasando las cintas MiniDV encontré unas grabaciones antiguas y no pude resistir en montar el de hoy que ya sabía que se llamaría Vacío. No porque sienta vacío… o quiera expresar eso… no sabría explicarlo, no hace referencia a vacaciones, ni a nada que no sea abstracto… Es el vídeo más sencillo, por el montaje, que he hecho y el más complejo por los elementos, las formas… y asegurarme de que fuera… vacío.

Recomiendo auriculares y sonido alto… y siento mucho si alguien esperaba algo más explícito o que le hiciera pensar menos.

460. Algunas personas se mueren

En agosto del año pasado, de la noche a la mañana, cogí dos aviones, cuatro trenes y un barco para recuperar a alguien a quien quería pero no amaba y que, inmersa en la pena por la pérdida de alguien muy importante, se me escapaba y no podía tocar pese a que llevaba meses tocándola a miles de kilómetros de distancia. Apenas cuatro días después volvía a estar lócamente enamorado para, unos meses más tarde comportarme como quien no quiere a nadie y poco después volverlo a estar y… y… y…

Inés “la mona”, como la conocían en el pueblo por su hermosura que no por sus monerías, tenía noventa y cuatro años, muy pocas arrugas, y la mitad o más de las pocas veces que la iba a ver se echaba a llorar. Si me esfuerzo mucho, puedo encontrar en mis recuerdos alguna imagen de ella sin la ambolia que la tenía prácticamente todo el día sentada… pero no es nada fácil.

No recuerdo a mi madre. Nada.

A veces, pocas, imagino que llegará un día en el que ya no estaré. No veré ni a mi hermana, ni a mi primo… ni a esa persona tan especial que tú escoges y te escoge de forma incondicional… u otras tantas también importantes. La idea de la muerte me aterra. Me entran ataques de ansiedad. Lloro como un niño escondido en mis sábanas. Me falta el aire. No puedo sacar esa mierda de mi cabeza y cualquier momento para ese día me parece temprano.
A veces, pocas, estoy taaaaan de puta madre que me digo “Fran, tío, no me importaría si me muero ahora mismo”. Me da igual que me duela. Siento que ya lo he tenido todo y no necesito ni quiero nada más. Que es un buen momento para acabar. Para cortar por lo sano.

Magdalena dice que no se quiere morir, que le cambien el cuerpo, que el que tiene ya está viejo y le cuelga el pellejo de los brazos, pero que

459. Gunkanjima

Cuando me desperté, pese a que apenas eran poco más de las nueve de la mañana, ya no quedaba nadie en la habitación. Las cuatro literas tenían las camas vacías, desordenadas y había silencio. Compartir habitación con desconocidos que no dan pie a entablar amistad o conversación (quizá yo tampoco lo hice y ellos pensaron lo mismo de mí), había sido una experiencia que no quería repetir por un tiempo…

Me acicalé, agarré mis cosas y salí por la puerta donde me esperaban. La siguiente parada era Fukuoka, de la que había oído hablar bastante bien, pero no había visto nada.

Camino a la estación de tren no pude evitar pedir una pausa en un restaurante acogedor para tomar un desayuno de campeón. El local por dentro era de lo más pintoresco, al parecer los dueños sentían una pasión por los gatos desmesurada y era imposible contar las referencias a ellos que allí se podían encontrar. Figuras. Fotos. Dibujos. Con el estómago lleno y sangre nueva (que quizá no buena) llegando a mi cerebro, seguimos andando.

Sentado en la la sala de espera de la estación de trenes de Nagasaki y esperando a que llegase mi Hotto Kyarameru Miruku Kohi Vanira o como quiera que se llamase lo que me iba a beber mientras esperaba el tren que me llevaría a Fukuoka, en la pantalla fija a la pared empezaron a aparecer imágenes de Gunkamjima, esa isla fantasma de la que ya había oído hablar pero sabía más bien poco. Pregunté si estaba cerca y con la respuesta afirmativa no dudé en modificar mi itinerario para hacer una visita.

No sabía que había estado cerrada, ni tampoco que la acababan de abrir no hace mucho al turismo. Saqué billetes para el barco que estaba casi completo y en breve estábamos rumbo a lo que hacía años había sido una de las zonas más ricas y activas de Japón (si no la que más). El barco era modesto. En la parte exterior explicaban las vistas por megafonía cual autobús turístico y en el interior, decorado con antiguas fotos en lamentable estado, proyectaban una y otra vez un documental de un viejísimo VHS con la imagen distorsionada por el uso repetido.

Al cabo de un rato teníamos los pies en la isla acorazado.

Con la imagen en ruinas de toda una ciudad (pequeña) era inevitable que a la mente vinieran referencias similares, cinematográficas sobretodo, pero una vez más la realidad se apuntaba un tanto contra la ficción.

Nos dividieron en tres grupos y nos repartieron por el pequeño camino transitable de la isla. Demasiado pequeño. Demasiado lejos del meollo. Quizá estando allí nadie sea consciente del peligro, pero dudo de que hubiera alguien que no quisiera pasearse por los edificios abandonados. Imposible (llegando a Gunkanjima con ese barco, claro). Aunque en alguno de los muros que teníamos frente a nosotros se podían ver enormes firmas y algún que otro graffiti, estaba totalmente prohibido pasar más allá de la barandilla blanca que rodeaba todo el circuito.

Tres paradas en el recorrido, desde donde explicaban las diferentes cosas que se podían ver. Dónde estaba la piscina olímpica. Cómo recibían suministro eléctrico de una isla cercana por debajo del mar. Cómo sacaban agua del mar para consumo y la desalinizaban. Dónde se abrió el primer cine de Japón. Cómo los que allí vivían tenían acceso a una gran variedad de productos que en muchos otros sitios no habían: frutas, carnes, aparatos electrónicos. Que en los 60, cuando sólo el 60% de los que residían en Tokio tenían lavadora, secadora y televisión, el 100% de las viviendas de Gunkanjima tenía estos electrodomésticos nada baratos en la época… Más información e historia del lugar aquí.

Dadas todas las explicaciones y con un sabor un poco agridulce por estar delante del fantasma, pero muy lejos… nos volvimos a embarcar para regresar al puerto de Nagasaki. Ahora sí, consumido por el calor, sentado en los viejos asientos de la parte interior del barco vi el documental con aires de NO-DO siendo imposible no sentir afinidad por la cantidad de familias que dejaron sus casas, escuelas, amigos…

Mientras el barco avanzaba y Gunkanjima, gris, se alejaba, imaginaba que no hacía mucho, sin miles de neones y muchas otras cosas, ese sitio había sido mucho más moderno y activo que Tokio. Había acumulado más vida por metro cuadrado… y más historias.

458. Mala vida

Anteriormente, mientras hablábamos de deportes me había dicho que había practicado Vale tudo, aunque cuando le puse a prueba y comenté cuatro cosas de MMA o BJJ no sabía de lo que le estaba hablando. Lo que me hizo pensar que “Vale tudo” era una palabra que se había aprendido por los VHS’s que habían corrido en los 90 pero que, realmente, no tenía ni la más remota idea del tema. Por si eso fuese poco, quiso poner la guinda con un “aunque lo que más he hecho ha sido pelea callejera”. Entonces, y aunque no necesitaba muchas más pistas, fui haciéndome un retrato muchísimo más claro del personaje que tenía delante moviendo la boca cual marioneta. Palabras como “puto sudaca” no eran extrañas en sus dientes pese a que ya me habían dicho más de una vez que no era racista.

Salimos de los asientos de piel de su coche. Uno de los que nos acompañaba fue a mear arrimado a una pared. Mientras, el individuo, que llevaba un rato largo hablando a ratos en broma a ratos no lo sé, de las mujeres como “perras”, sacó un bote con polvos de batido proteínicos que mezcló con agua y se lo bebió de un trago. Por momentos me daba la impresión de que me trataban como ingenuo o un niño aunque no era el más joven del grupo ni de lejos, aunque sí el único que no había consumido cocaína nunca. Del mismo modo que siempre que llego a un sitio nuevo o me presentan a alguien que no conozco, esta vez también, guardé las distancias para que nadie se tomase las confianzas que no debe e intenté analizar cada momento de la mejor manera.

Bajo las luces de neón más cercanas, las de un club de streapteasse, mi supuesto nuevo amigo insistía en que, aparentemente por cuestiones del destino, había tenido una mala vida. Trabajo llevando prostitutas por diferentes países de Europa. Drogas. Armas. Policías. Disfraces y aeropuertos. Alcohol. Respondía de forma negativa cuando se le preguntaba si llevaba la pistola encima como había hecho con anterioridad. Repetía en su dieta a base de batido con sabor a limón para ganar volumen en sus músculos.

Mala vida. ¿Cómo alguien que tiene los santos huevos de elegir ser un gilipollas y jugar con otras personas tiene la poca vergüenza de decir que no ha tenido una vida sencilla? “Has tenido la que tú has escogido, hijo de puta” pensé. Mala vida es la que han tenido las putas a las que has emborrachado, drogado y posiblemente vendido. Mala vida es la que lleva alguien que no se puede permitir el privilegio de ir a la escuela… no el que no va porque no le sale de los cojones… Mala vida es la que lleva la gente que tiene dos trabajos mierda y aún así, apenas tiene dinero para pagar alquiler o coche de segunda mano… no el que ha vendido mierda para comprarse un coche de más de diez millones de aquellas pesetas. Mala vida es la que tienen esos niños que no tienen a sus padres cerca… ¡Vamos no me jodas!

Con el cuello encogido y las manos en los bolsillos, con la mirada perdida en ningún sitio mientras me contaban mentiras, pensé “¿cuántos farsantes como éste habrán sueltos en la calle?”

Entramos en el club de streapteasse.

457. La máscara

456. Desktop ahora

Tomé la foto con el nombre DSCF0242 a última hora de la tarde del 29 de marzo de 2009. No mucho después, la pondría en el escritorio de mi iMac G5 y se quedaría ahí hasta el día de hoy (y seguirá). Un negativo digital muy oscuro pese al ISO 1600 o la velocidad de 1/30 de segundo. No eran momentos fáciles (aunque tampoco los más difíciles) e incluso pasando un gran rato, hacer que mi cabeza se concentrase en otra cosa, era faena poco sencilla. Estaba quemando mis últimos ratos con Jongbum y Jang esta vez en un hanami improvisado en el parque Yoyogi con amigos de sus amigos de sus amigos… Alcohol, chicas guapas, música muy alta, ruido… todo lo que no hubiera elegido para un hanami. Entre el frío y las pocas ganas de estar ahí de los tres, les pedí a mis amigos que posaran para una foto.

Jang (a la izquierda) se incorporó, creo que en el cuarto curso (la verdad es que no lo recuerdo), a la clase en la que yo estudiaba. A Jongbum lo conocí en el trimestre anterior (si no me equivoco). Desde los primeros días Jang me pareció un chaval raro que aunque no me molestaba ni me caía mal, me resultaba peculiar. Muchas veces antes o después de clase me decía “a ver si un día vienes a mi casa y comemos comida coreana”, a lo que yo asentía de forma educada pero, como no sabía muy bien de qué hablar o qué hacer, no di pie a que esa cita sucediera. O por lo menos no tan pronto. Jongbum, con su manía de tocarse el flequillo cada tres segundos se me antojaba graciosamente amanerado. O por lo menos lo suficiente como para reírme unas cuantas veces.

Decir que ellos fueron las personas que más me ayudaron cuando lo necesité sería mentira. Aunque no me guste decir nombres, debería hablar de gente como Iván, Jorge o Fred, personas que directamente me abrieron las puertas de sus casas o de sus carteras cuando las cosas se me presentaron peor de lo que me imaginé… Indirectamente, gente que me ayudó o me aportó conocimientos y experiencias… siendo conscientes o no de ello… hay demasiadas personas para hacer una lista sin que se me olvide alguien…

Pese a todo eso, Jang y Jongbum, Jongbum y Jang, me presentaron una pequeñísima muestra de cómo son los coreanos. Y me encantó. Me abrieron las puertas de sus casas desde el primer momento (aunque me costase aceptar la invitación). Me enseñaron sus costumbres. Sus recetas. Sus formas de pensar. Me dejaron dormir con ellos. Ducharme en sus casas. Pasearme en calzones. Se tiraron pedos a mi lado. Me dijeron que se arrepentían de no haberme invitado antes. Me dieron parte de la comida que sus madres les habían mandado…

Dos días antes de volar a España, me despedía de forma rápida de Jang, después de haberlo hecho de Jongbum, diciéndole que le llamaría al día siguiente para darles un último adiós a ellos y otros amigos en común y aprovechar para tomar algo o cenar.

No lo hice.